Mil Palabras para Marie

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En la vida existen segundas oportunidades, las conocemos cuando el sol vuelve a salir luego de una mala temporada y también cuando nos cruzamos más de una vez con una persona. Son una especie de garantía que nos permite reescribir una historia o enderezar un camino. Son un rayo de esperanza que promete que la vida puede cambiar.

En 1984, la ciudad de Los Ángeles obtuvo su segunda oportunidad para convertirse en la sede de los Juegos Olímpicos. Durante el verano y a la sombra de éste gran evento tiene lugar el reencuentro de Edward Clayton, un empresario importante, y Marie Grayson, una cantante de bares, dos personas de clases sociales distintas que la vida había juntado en una ocasión y que ahora, después de algunos años, volvía a unir.

Con un pasado lleno de dolores y cicatrices, e inseguros de sus posibilidades, Marie y Edward se aventuran en una relación que no será fácil afianzar, sus pasados y diferencias sabotean los intentos por construir la confianza necesaria para salir adelante.

¿Será realmente la brecha social entre ambos un impedimento para su relación o es solo un disfraz para ocultar los fantasmas del pasado?

CEREBRO RIZADO

¡Bienvenidos!

¡Hola! ¡Soy Cerebro Rizado! Soy una escritora joven de origen latinoamericano, actualmente residente en España. Estudiante de Psicología, enamorada de mi carrera.

Me encanta leer, soy amante de los libros y del placer de viajar a través de ellos. Escribo desde niña, y desde hace 5 años lo hago de manera constante y pública, en redes sociales o portales dedicados a la escritura.

Mi estilo de escritura va desde lo narrativo hasta lo reflexivo y pasando algunas veces por la poesía.

Dejare que me conozcas mejor a través de mis escritos, asi que [email protected] a este viaje lleno de palabras y creatividad.

Las palabras de la cuarentena

Ser y estar.

¿Ser o estar? ¿Ser o no ser?
Tal como lo plantea el verbo en inglés o el dilema filosófico, en los días que han trascurrido me parece que es un dilema que se ha mudado del papel a nuestras mentes. Hace 3 meses nuestra mente estaba particularmente optimista, algo con relación al numero del año nos hacia ojitos y entre discusiones de si empezaba o acababa una década, escribimos los planes de año nuevo, buscando un inicio memorable a los años 20 de este siglo. Ahora, todos estamos en nuestras casas y de una manera extraordinaria. Es cierto que el año inicio con bastante violencia e inestabilidad y que nos hizo tener el corazón en la boca o la piel de gallina en mas de una ocasión durante sus primeros días. Pero a todos nos ha dejado perplejos el hecho de que nuestra vida pudiera detenerse ¡Y es que así fue! ¡Nuestra vida se detuvo! Sí, sé que hay que mostrarnos optimistas, pensar que mientras respiremos seguiremos adelante y eso esta bien, pero cortemos un poco y pensemos, sintamos sin temor a los prejuicios, porque aunque todos nos hemos resguardado y nadie este en la calle, los prejuicios y algunas normas sociales se han colado por la ventana. Estamos encerrados, pero hipercomunicados. Nuestras vidas siguen expuestas a una sociedad virtual y nuestra mente ha estado bombardeada por esta misma sociedad en los últimos días. Sé que hay miles de propuestas que buscan aligerar la carga de pensar por nosotros mismos que actividades hacer, pero también hay mensajes subliminales que de alguna manera entendemos como el deber de hacer cosas productivas y que al pasar los días va cavando un hoyo. De pronto te sorprendes, luego de 2 semanas ocupando tu ocio, de manera productiva y divertida, te enfrentas al desgano cara a cara, y no esta solo, suele estar acompañado con una sensación de indefensión que estuviste acumulando de manera inconsciente. Agradeces despertar tarde porque el día se hará mas corto, pero por la noche el insomnio te ataca, piensas en la soledad incluso estando acompañado, piensas en como todo se ha detenido y en lo difícil que es quitarse todas las capas para simplemente ser. Cuando ya son dos días, de ese bajón el desespero se hace presente. ¿Qué es lo que realmente quiero hacer? Esta bien extrañar la rutina y el trabajo, esta bien sentirte incompleto al estar solo en tu casa. Queremos imponer la creencia de que estas mal si no te sientes bien solo en cuarentena o encerrado con toda la familia. Pero esto va más allá de la autoestima. Somos sociales por naturaleza, el contacto humano es parte esencial de todo nuestro desarrollo ¿Por qué escandalizarnos? Más allá de ese dato publico y común, miremos atrás y recordemos cuando fue la ultima vez que tu vida no dependía de una rutina o que de alguna manera estuviste obligado a detenerte y encerrarte. Si tu vida ha transcurrido sin alteraciones graves de salud, libre de hechos traumáticos o alguna privativa de libertad. Probablemente la última vez que ocurrió algo así, llevaras pañales, balbucearas o no tuvieras plena consciencia. Debemos detenernos a pensar que hemos crecido en un mundo que es una cadena de montaje, desde la guardería o el preescolar nos subimos a una cadena que no se detiene, hay un crecimiento en secuencia, pero nunca se para y ya. Al menos no para la mayoría a la vez. Somos novatos en esto, somos todos absolutamente distintos así que solo tu puedes saber que es lo mejor para estos días, si quieres llorar eres libre, si crees que es necesario ocupar tu tiempo en leer o ver series para escapar de esta realidad abrumadora adelante. Lo valiente es seguir, haciendo lo que sea, pero seguir vivos, respirando, con buena salud y procurando hacer lo mas sano para nuestra mente. Recuerda, todo es nuevo, te estas conociendo en una situación nueva y no tienes herramientas previas que funcionen a la perfección toca hacer ensayo y error, así sea la misma casa de toda la vida, la perspectiva no lo es. Seamos humanos, estemos en casa.

Las palabras de la cuarentena

Amistad

Los días pasan y el tiempo me sobra para comunicarme con amigos, pero no es precisamente eso lo que ocurre. ¿Es posible que la rutina sea el tapete bajo el cual escondemos nuestras relaciones de amistad en desuso? ¿O es la rutina el veneno gradual que acaba con estas amistades? Honestamente, no lo sé. Lo que, si sé, es que temo caer en esa adultez gris que desplaza el tiempo para tus amigos.

A lo largo de mi vida, que es corta, pero con una lista de experiencias a considerar, he tenido una variedad de amistades de la cual me siento orgullosa, y el orgullo es aún mayor, porque en su mayoría las conservo. Son amistades que han cambiado con el paso de los años, en algunas han existido tropiezos y en otras todo ha fluido sin más. Tengo amigos tan distintos que al compartir con ellos parece que me mudara a otro mundo por un momento y a veces si les comparo podría ubicar a algunos en los extremos. Pero eso es lo genial de esto, somos un puñado de personas distintas que de alguna manera hemos encontrado algo que nos une, además que tanta diversidad acaba por enseñarnos siempre algo nuevo. Si algo valoro, a veces de sobremanera, es la amistad. He tenido tanto apoyo y tan buenos momentos junto a mis amigos, que sé que son parte fundamental en mi vida.

Antes de la cuarentena, nuestra comunicación era eventual, durante ésta en lugar de volverse estable y amena, ha ocurrido lo contrario, todo sigue igual solo que ahora es un silencio palpable. De alguna manera la falta de comunicación se muda a un nivel consciente y al notarlo es como si te diera un portazo en la cara. Entiendes que la comunicación es una cuestión de doble vía, respiras, lo disfrazas de normal y entonces te incomoda menos, escribes, intentas hablar como antes, pero las conversaciones no fluyen, ¿Nos hemos perdido en el camino? Es una pregunta recurrente y algo que no puedo dejar de pensar, durante el tiempo de ocio entre intentos de productividad, me pregunto si en algún momento he fallado, o si simplemente es algo que ocurre sin culpables aparentes. La última opción me resulta sensata.

No me queda más, que pensar en lo distintas que son ahora las vidas de todos, en como a lo largo de los meses, los cambios horarios, carreras, trabajos, hijos y parejas, se han vuelto prioridades extenuantes que dejan poco tiempo para la amistad o al menos para una comunicación constante. ¿Es probable que todos estén pensando en esto? ¿O lo hayan pensado alguna vez? Sí, quizás todos en algún momento hemos llegado a estar de pie en la punta del puente que nos pertenece, llenos de dudas sobre como cruzar y que hacer al momento de llegar al medio y finalmente encontrarnos. ¿Creemos acaso que hicimos algo malo ausentándonos durante meses duros y tememos conseguir un reproche por parte de nuestro amigo? Debo admitir que esta postura es más común de lo que parece. Es evidente que las relaciones entre humanos son tan complejas, y aún más cuando la dualidad simpatía- empatía se hace presente, en lugar de facilitarnos la comunicación o el compartir, a veces acaba anulándolo y ahogándolo en un mar de dudas e inseguridades.

Las palabras de la cuarentena

El dilema de la edad

El dilema de la edad.

Si, es un titulo digno de una crisis de la mediana edad, pero como esto va de los pensamientos que me acechan durante este tiempo de confinamiento, la edad es una y hay que darle su lugar.

Desde chica he escuchado esos típicos comentarios de “ser mayor para la edad”, junto con esa serie de comparaciones entre lo que piensa o hace tu generación y lo que es habitual en ti. En algún momento di por sentado que eran cosas normales, unos crecen más pronto que otros, las chicas maduran antes que los chicos y ese tipo de pensamientos.
Hasta que la vida me hizo salir del cascaron de mi cultura, por decirlo de alguna manera. Hoy, luego de convivir con dos culturas, distintas a la mía, y haber compartido con personas que de cierta manera tuvieron una crianza diferente, hay cosas que comienzan a hacer mucho ruido, pues la edad cronológica no parece un determinante de la madurez, es entonces cuando encuentras tres personas, del mismo sexo y edad, con distintas responsabilidades, pensares, planes futuros, entre otros. Y llevándolo a mi propia etapa, mi círculo de iguales o contemporáneos me hacen pensar que los 20 son los nuevos 30.

Entiendo que cuando te toca vivir el inicio de tu juventud en un país en crisis, todo se vive muy deprisa, tienes que quemar etapas o desplazarlas para dejar que tu mente comience a responder a otras responsabilidades. Pero dentro de todo eso, eres un joven, un joven vestido de armadura para luchar por un futuro y un sustento.

Cuando apenas iniciaba la adolescencia los adultos insistían en vanagloriar el disfrute por que, en sus palabras, era algo que no volvía. Pero eso no era algo que entendiera en ese momento. Además, se podia sospechar que eso significaba que cada etapa tiene un disfrute distinto, pero nadie nos dijo que algunas etapas no tienen que ver con la edad. Ellos no lo sabían, sus veintes fueron según la norma del momento, que dentro de ciertas carencias te permitía decidir que tanto duraría cada etapa, pero a los nuestros los han subido a un tren de alta velocidad donde nos hemos pasado algunas estaciones a toda prisa, sin detenernos a amores fugaces e ingenuos o a soñar con un futuro sin sentir el peso que implica la responsabilidad de tener que labrarlo con tus manos, nadie nos dijo eso, pero nadie podía hacerlo.

He aprendido que esos cambios se asumen, pues no hay tiempo para sufrirlos con un berrinche. Llega una crisis, luego una decisión, accionas y avanzas. Un día afrontas el primer día de trabajo y el resto de los días te arrastras a él bajo la etiqueta de normalidad. Sin notarlo, escribes a tus amigos y en lugar de enviar mensajes para organizar una salida, fiesta o viaje, estos son para preguntar como va el trabajo, si tiene ahorros o si ha logrado encontrar alguna opción para empezar el camino hasta ese sueño que te conto una noche cuando charlaban despreocupados, pocos años atrás.

Vivir a toda prisa esta transición hace que te sientas ajeno a muchas cosas, aunque tu situación cambie o vuelva a ser la de antes, sabes que tú no puedes volver a pensar como lo hacías antes de que todo ocurriera, entiendes que el disfrute que los mayores decían que no volvía, era referente a lo que vives antes de ese pequeño quiebre, ese en el que sales de esa burbuja protegida en la que está tu vida durante los primeros años y te toca asumir el control de tu vida, con todas las ventajas y desventajas que amerita y entiendes que cada paso que ahora des, formara el camino que pises mañana.

Las Palabras de la Cuarentena

Una tríada incompatible

Hoy no sé de que quiero hablar, pero sé que tengo ganas de escribir. Los días siguen pasando, la semana 4 avanza y el desgano sigue aquí. Los días van pasando y en mi cabeza todo parece cambiar muy rápido.
Ahora mismo me he perdido tantas mañanas como madrugadas me he mantenido despierta. Las vacaciones iniciaron en medio de días iguales, y el monstro de la ansiedad ruge eventualmente reclamándome la poca productividad, la sensación de desechar horas y días me abruma, algunos deberes se acumulan mientras me mantengo somnolienta durante las primeras horas de la tarde. Es evidente que no estoy acostumbrada a esto. Aunque mi rutina de sueño es digna de los días de verano, hay que afrontar que este aún no llega y recordar que hay responsabilidades que aun se tienen que cumplir.

A pesar de llevar bastante bien el hecho de no dar por sentado la fecha fin de esta experiencia, la incertidumbre no deja de ser un dragón que escupe fuego y hace que todas las emociones comiencen a desbordarse.

En días buenos, agradeces hablar, reír y la compañía, en días malos, ser la única persona en una estancia es casi un regalo de los dioses en virtud del sacrificio de sobrevivir a todo esto. Además, en días como los últimos, el silencio y la soledad se pasean por casa, se sirven postres y te acompañan, hacen hueco en tu cabeza y tienen tan buena paciencia y escucha que tus dudas comienzan a aflorar. Escuchas a tu conciencia desahogarse, al principio con timidez y de pronto al sentirse cómodas, se establecen allí, si alguien te mirara te encontraría con la mirada perdida y en aparente calma pero en el fondo, dentro de tu mente las cosas pasan de una conversación elegante en la mesa de té a un campo de batalla donde las partes se esmeran por demostrar cual es la preocupación mas relevante y que debe ser atendida de inmediato. Cosa que no ocurrirá porque lamentablemente, los pensamientos, las emociones y el cuerpo no son una triada que logre ponerse de acuerdo durante estos días.

¿Dónde se concede el don del ocio? ¿Por qué es tan difícil creer que lo merecemos?

LAS PALABRAS DE LA CUARENTENA

¡Feliz Día del Libro!

La vida del lector está escrita entre un sinfín de vaivenes, que conforman la eterna lucha entre la realidad y la ficción por reclamarnos y atraernos hasta su bando. Pero, nunca hay un ganador total, vamos y venimos a nuestro antojo o quizás, sin saberlo, al vuestro.

Cuando nacemos como lectores, vivimos probablemente el momento más intenso de nuestra vida lectora. Devoramos con avidez cuanto libro cae en nuestras manos, absortos, fascinados. Tenemos un hambre de letras e historias que parece insaciable, pero existe una línea difusa en el tiempo donde ese ritmo comienza a menguar.

Tras viajar de libro en libro, un día aquella terminal llena de páginas, comienza a desolarse. Aquel único pasajero, curioso y enérgico, comenzó a tomar vuelos eventuales.

Así, el resto de nuestra vida lectora llevamos con nosotros una historia acompañante. Leer un libro ya no es cosa de dos días, a veces nos lleva meses, pero la lectura está allí, leal y auténtica, dispuesta a darnos vida durante los pocos minutos que le dedicamos. A algunos libros dedicamos migajas de tiempo que sobran de la rutina y a otros encuentros furtivos que robamos a la rutina, parece que hablo de lo mismo pero quien lee, sabe bien, que no es así.

Cuando crecemos afloran nuevos gustos, y con el tiempo nos prendamos a ciertas plumas que nos ofrecen aquellas historias que se han vuelto nuestras favoritas, o aquel tipo de escritura que nos envuelve con tanto gusto, haciendo el viaje más ameno.

La vida del lector es maravillosa, variada y con los altibajos de cualquier vida, pero con una magia peculiar que nos brinda un salvoconducto para escapar de la realidad, siempre que queramos.

Érase una vez, Diane Setterfield

Érase una vez una escritora que hace muchos años fue una niña curiosa que tras aprender a leer devoraba todo lo escrito a su paso y que también en su infinita inocencia, esa que vuelve amplia la imaginación, adoraba las historias. Ha llovido mucho desde que esos días nacieron con el sol y perecieron con la luz de la luna, tanto que puedo asegurar que entonces ella no sabia que la suma de esos amores se llamaba literatura, y sospechaba aun menos que al crecer se dedicaría a ella.

Diane Setterfield nació inglesa, pero cuando creció se interesó por la literatura francesa, la estudió, enseñó, adoró e hizo suya, incluso después de dejar de enseñar literatura francesa se dedico a enseñar francés, he dicho antes que se interesó, pero tal vez se tratara de un sentimiento más intenso.

He empezado a contarte su historia por el principio y he saltado al intermedio de manera impulsiva. Volvamos al principio. Lo que puedo contarte de la Diane que no es una escritora consagrada ni tampoco una joven profesora amante de la literatura francesa, es que fue una niña llena de curiosidad y de muchas preguntas. Cuando se es niño se viven las desgracias familiares de una manera distinta, los adultos confían fielmente en que la inocencia protege en su totalidad las emociones de las criaturas mientras que, en realidad, y hay que hacer énfasis en ello, esto no funciona así. Diane se encontraba en su tierna infancia cuando una sombra de preocupación se posó sobre su familia, su hermana pequeña de tan solo dos años fue diagnosticada con un problema cardiaco, a esa edad no hay manera de entender lo que se dice, pero la pequeña lo asimilo de la mejor manera que su mente pudo.
Pronto empezaría a leer y a perderse entre las palabras que a veces le contaban historias lejanas y otras no trascendían más allá de un suceso en alguna sección del periódico. Siento anunciarte, querido lector, que cuando me dedico a orientar y formar un alma literaria no me rijo por leyes morales ni religiosas ni me dejo someter por la censura, puede ser una técnica arriesgada y puede resultarte ilógica o encender tus alarmas, aunque si de verdad te he formado yo, seguro lo entiendes y hasta has recordado todo aquello que leíste porque llegó a tus manos, sin cuestionarte si era apto o no para ti, tal y como lo hacia Diane. Así fue como su mente consiguió respuestas a algunas preguntas que los adultos no tenían tiempo de responder y como llegaron ideas que su mente infantil agrandaba y pulía con esmero para luego dejarlas anidar en algún rincón remoto dentro de ella y que en el futuro brotarían para dar cuerpo y forma a las entrañables novelas que se dedicaría a escribir.

Como puedes apreciar, he vuelto al futuro, a la Diane que es novelista, y me quedaré para contarte como fue el inicio de esta nueva vida. Un día que no puedo centrar en la exactitud cronológica, por lo que confío en tu idea general sobre los días, Diane Setterfield, profesora consagrada y dedicada a su oficio, decidió escuchar los mensajes susurrados que llevaba años depositando en su oído: dejó su trabajo en la universidad y por fin, empezó a escribir una novela. Años de ideas que revoloteaban sin parar en su cabeza, de ideas longevas anidadas en partes recónditas de su cabeza y, de ensoñaciones y viajes guiados por la imaginación, se tradujeron poco a poco y día a día durante cinco años en montones de palabras escritas que formaron el borrador de lo que hoy conocemos como “El cuento número trece”.

Una obra extraordinaria, tan bien tejida y estructurada (como me gusta creer que formo a todas mis almas literarias, aunque el resultado sea distinto) que no puedo mas que convidarte a leerla. Diane, después de estar casada durante años con la literatura francesa de los siglos XIX y XX, retornó a las raíces literarias de su propio gentilicio dándole a esta primera novela un aire gótico que llegó a asociarse con el estilo usado por las conocidas Hermanas Brontë. Esta historia apadrinada por el arduo trabajo de Diane y la astucia de su agente literario logró ver la luz en el año 2006 y no solo eso, se convirtió en un libro de superventas, algo difícil para un nuevo escritor. Vuelvo a insistir en mi recomendación: es un libro que debes leer.

La nueva vida como escritora reconocida aturdió a Diane, lo que me resulta comprensible tras haberse dedicado los cinco años anteriores a la labor de escribir, la cual si bien no es tan serena como todos se imaginan, sus altibajos poco tienen que ver con la ruidosa vida publica de las giras promocionales, pero debo destacar que, para Diane una vez que digirió esta nueva realidad, resultó una parte gratificante de su trabajo que se dedica a disfrutar.

Lo que les he contado es sin duda un inicio maravilloso para alguien que, como la mayoría de los autores noveles que respaldo, empezó a escribir un borrador con la única ilusión de terminarlo, pues conocía las estadísticas poco alentadoras que suelen decorar el camino hasta la publicación editorial y, sin embargo, este borrador le abrió las puertas de un mundo maravilloso en el cual se quedó.

Diane Setterfield ha escrito dos novelas más, ambas con gestaciones largas al igual que la primera, en 2013 se publicó “El hombre que perseguía al tiempo” la cual supuso el reto de narrar y crear la vida de un personaje masculino destacando el funcionamiento de su mente y su toma de decisiones. En 2018 fue el turno de “Érase una vez la taberna Swan” donde se permitió explayarse contando historias que venían a su mente sin limitarlas, permitiéndoles tomar el espacio que ellas quisieran y viéndolas coincidir en una sola historia que fluía tal y como lo hace el río Támesis, personaje principal de esta novela. No es para nada difícil dejarse envolver por las historias de esta mujer, sé cuando alguien tiene un don para narrar y ella sin duda es una de esas personas, una de esas almas literarias que he seguido y formado con ahínco y que ahora te presento para que tú también puedas conocerla, porque después de todo disfruto juntar las almas literarias que creo, tanto a las que leen como a las que escriben.

Me despido hasta la siguiente presentación, deseo que leas mucho.

OH HEY, FOR BEST VIEWING, YOU'LL NEED TO TURN YOUR PHONE