El olvido que seremos

en la selección oficial de Cannes

El ganador de nueve premios Goya y un Premio Óscar a Mejor película de habla no inglesa con Belle Époque, Fernando Trueba es el encargado de dirigir ´El olvido que seremos´ que al igual que el libro escrito por Abad Faciolince, cuenta la historia del doctor Héctor Abad Gómez.

La producción auspiciada por Caracol Televisión y Dago García Producciones presentó las primeras imágenes en el European Film Market en Berlín el pasado mes de febrero y acordó que su distribuidora internacional sería Film Factory.

Hoy la cinta nos sorprende gratamente al ser parte de la selección oficial de Cannes, siendo la tercera vez que una película colombiana llega a la selección de la muestra francesa, uniéndose a ´La vendedora de rosas´ y a ´Rodrigo D: No futuro´

Estamos ansiosos por ver el largometraje rodado entre Colombia y España, con las actuaciones de Javier Cámara, Juan Pablo Urrego y Patricia Tamayo. Después de todo, el delegado oficial del certamen define a Trueba como “Uno de los mejores directores del mundo”

Los Nadie: una juventud que no escapa de sí misma   

Por: Jorge Alejandro Llanos

Los Nadie, al contrario del famoso texto de «Los Nadies», del escritor uruguayo Eduardo Galeano, nos deja el plural a un lado para hablar desde el singular; una característica clara al momento de abordar a los personajes, sus vivencias, sus frágiles identidades y la facilidad que presta la adolescencia para sentirse, o al menos creerse, el cuento de la rebeldía en el desfogue. 

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”, en palabras de Galeano, son los personajes que nos avientan a esta historia que se teje entre desgracia y chiste, una buena combinación para encarar la realidad social de miles de personas que crecen y encaran al barrio día a día. Pero a diferencia del texto del escritor, la película es enfática en el rostro individual, donde cruzan condiciones materiales y vivencias personales específicas para cada personaje. 

El barrio, como esa metáfora del barril del Chavo, donde no se puede salir pero tampoco se puede dejar de entrar. En ese universo de lomas y carreteras, de tiendas de barrio y callejones que esconden ojos como puertas, los pelados relatan sus anécdotas y se preparan para un viaje que se presenta como una salida a esa realidad que, aunque gocen a su medida, no representa una fractura a su experiencia ni una aventura a sus problemas.

El espacio de la universidad pública se ramifica en sus estudiantes y en sus vivencias, abriendo la ventana a la sensación cercana que genera la película con los que habitamos, de alguna forma, aquellos espacios y aquellos dilemas. El acercamiento al Punk, como un fantasma de otra etapa de Medellín que sigue azotando sus piedras, y la vida del mochilero, el artista urbano y el saltimbanqui de calle se unen como un panorama completo de las opciones que se nos presentan, en cierto momento de la adolescencia, para ejercer cierta presión sobre el tiempo, buscar unas monedas, expresar el dolor y el amor, a la par que combatimos la existencia.

Quizá la escena más cercana a esa realidad sea la Mona fumándose un cigarro en la entrada de la casa del Pipa, mientras a su lado ―en ese injerto de tienda y cantina que habita nuestros barrios― suena una canción de Leo Dan. Ahí está, para mí, la esencia de un amor adolescente, quizá la única rebeldía que se justifica a sí misma, sin cadenas externas, por lo puro de su intención y lo natural de su carácter.

La poesía está ahí como está en los sabanales o en las flores, en la autopista y en la plástica, en la mancha y en el color. Quizá lo que más valore de la película es el hecho de abrir esa ventana para que el mundo vea, que dentro de esas lógicas del barrio y de la calle, que cansan a veces por su repetición y clichés innecesarios, hay belleza, como la hay en cualquier representación de un cine mucho más comercial, o independiente, del que pudieran hablar los críticos o expertos del séptimo arte.

Dar cabida a la belleza en un buñuelo con Pony Malta, o en una canción de Leo Dan y una pelada que se fuma un cigarro porque no llega el novio a la casa, son la clase de escenarios que ―para los curtidos por una idea de la belleza― les puede parecer cursi, pero que esconde, más allá de ese planteamiento facilista de una realidad desconocida para los mismos, una enrome porción de sentimiento, que choca contra el espectador de una clase social especifica que identifica allí la poesía de esta vaina. 

Los Nadie nos permite, para aquellos que cruzamos los 20s y nos acercamos al cuarto de siglo, repasar nuestra propia historia adolescente y arrepentirnos, quizá, por la falta de valor que agobió esos momentos que se desvanecieron tan rápido y tan violento. Es verdad, como decía Vicky Hernández, que «la juventud es la época para arriesgarse», ya después uno se vuelve viejo, cómodo o estable, y todas aquellas puertas ambiciosas se cierran por mano propia. 

Lo malo es que toda esa idea de rebeldía se enfrasca en sí misma, como una mosca zumbando en una lata de cerveza, hasta embriagarse y caer al líquido para ahogarse. Las ideas preconcebidas del mundo, el fragmento literario―repetitivo en internet y de literatura de autoayuda que busca llamarse poética― que lee una de las protagonistas es una  validación de esa concepción adolescente que, de no afrontar la realidad, termina perdiéndose en el vicio, la apatía, el rechazo o, en el peor de los escenarios, en el acoplamiento con el mundo de la forma en que se presenta, sin prestar mayor resistencia. 

Es por ello la frontera más tenaz ―además de la entrada a la vejez― aquella que se busca rebasar en esos años adolescentes donde los intereses se construyen bajo la destrucción, sin entender aún qué se destruye ni a quién se destruye de por medio. Y esta no es una lectura moral de la situación, sino una afrenta directa contra los que consideran la rebeldía sólo a partir de una cara del cuadro, cuando en realidad toda esa fuerza, todo ese influjo de energía y sensualidad, debe hallar su camino a la libertad absoluta, ya sea de forma amorosa, politoxicómana o viajera, pero nunca perdida en su hedonismo, cualquiera que se presente en alguno de los tres escenarios mencionados anteriormente y que son ilustrados en la película.

En fin, ser libre no es ser la mosca que vuela, aunque ebria, dentro de la lata.

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